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  Indice Poesías

 

Adelante oh viajeros


A Karen Morote,
en Iquitos.


I

Han llegado las lanchas al puerto
y ha terminado la lluvia.
El viaje ha sido largo a través del Amazonas
observando los enormes horizontes
donde los copos de los árboles
parecían valerosas lanzas de guerreros
luego de expulsar a curas y soldados,
y hemos llegado a Iquitos
decenas de personas y conversado alegremente
durante el viaje acodados contra la balaustrada.

Qué grande es la amazonía, había dicho
ingenuamente impresionado.
Y una anciana de voz fuerte
me había respondido: que el viaje
no oculte el corazón de las cosas. Somos
viajeros de la vida. Viajeros
que alzamos la frente cuando intentan humillarnos.
¿Ves estas manos?
Muchas veces tuve que empuñarlas firmes
para defender a mis hijos, mi casa
y mi tierra.

Su voz atravesaba la quietud del paisaje
y parecía no extinguirse
como se acaba la llama
sino mezclarse con las cosas,
las sangres y los corazones.

Hemos llegado contentos y nos reciben
personas animosas
que sonríen y agitan los brazos y saludan.
La anciana de voz fuerte baja la primera
con un enorme costal sobre sus hombros.

Llegan los chaucheros
y lo invaden todo. Son fuertes y decididos
y podrían levantar el mundo a sus espaldas.
Atlas sosteniendo la tierra
semeja un chauchero, este cargador, el hombre.

Pequeñas olas anuncian el paso de otra lancha.
Las nubes
se abren como si se corrieran las cortinas
del cielo.

Un sol inmenso. Un cielo agigantado
tras el toldo blanco que se esfuma.
Los hombres
se abren paso entre el río y las orillas
y pisan tierra firme,
aspiran los olores húmedos, los sudores,
los golpeteos del agradable vientecillo.

Allí subimos la mojada escalinata,
al hombro el maletín y enrollada la hamaca
y nos entregamos jubilosos
a esta grande y amorosa ciudad
como a una patria.

II


Sé cauto, me dice la razón. Sé prudente
en tus palabras. En tus actos.
Que los peligros acechan donde menos lo imaginas:
en los amigos que te elogian
y en los amigos que te critican,
en las muchachas
demasiado fáciles para ser honestas contigo.

Y sobre todo
con aquellos que se sobresaltan por nada
y ven fantasmas donde sólo hay viento.

Mira, recapacita, piensa, observa.

Los tiempos no son propicios
para el tráfago vanal. Es necesario
estar a la altura de la época.

Cuida tu mirada,
tus manos, tus espaldas. No es necesario
ser culpable. El enemigo
no distingue. Sólo busca víctimas
en el bosque incendiado de la noche.
Apagar hogueras. Aplacar las iras incesantes.
Eso busca.
Y bien, sabemos que lo que no es posible
no necesariamente es imposible.

Pero no el silencio. No la máscara desfalleciente.
No el pesimismo. No el llanto vacío.

Sé cuidadoso
como lo son los hombres firmes,
hambrientos de futuro.
Analiza, bucea en tu conciencia, resuelve
tus contradicciones.

Y trabaja, estudia, lee, escribe.
El sueño es poca cosa, el cansancio
es nada. Porque la voluntad es fuego
y no veleta, poderosa
como los cimientos que sostienen nuestra vida.

En tu habitación
primero es tu escritorio, después la cama.
La ciencia es una niña inmensa.
Y aún vivimos en la prehistoria, pero
debemos superarla, transformarla. Somos
apenas arena pensativa entre la playa.

Y sin embargo
poseemos todo o casi todo, nacimos
de la más fecunda matriz de la tierra
vigorosa. Necesitamos
la cabeza fría. Hielo en la mente.
Las manos firmes.

Estos tiempos son distintos
y no tienen comparación. Nada de lo vivido ahora
podrá retroceder: las aguas desbordadas
arrastran la malahierba y los palos podridos
y la inundación se respira inevitable.

Tiempo al tiempo.
Tiempo al hombre.


III

En el centro la ciudad tiene avenidas y pistas
asfaltadas. Recuerdo lo que me contaron
de Iquitos cuando niño, poblado de animales
salvajes y hombres aguerridos,
la aventura de la selva corriéndome
por las venas
demasiado inocentes hasta entonces.

Y no hay decepción posible.
Son bellos la ciudad, su incendiario
sol y su cielo inquieto. Pero a mí me atraen
las calles. Las puertas abiertas
de las profundas casas
donde un niño juega y grita
y súbitamente cae la lluvia, a pleno sol
y el niño se deja acariciar por esas manos,
infinitas, menudas, refrescantes,
que parecen vivas.

Y más allá de las casas de cemento
la belleza crece insospechadamente. Cientos
de casitas de troncos y crisnejas se levantan,
atisban hacia el rayo luminoso
y rememoran su origen campesino, denuncian
orgullosos su raíz humilde y terrenal
y de allí,
del polvo arcilloso, de la tierra húmeda y roja,
crece un olor a caimitos maduros,
crece el sabor inconfundible de los peces
de los ríos, y un viento de plantas y de aguas
invade nuestros poros, penetra la piel generosa
y todo huele, todo sabe, todo palpita en el aire.

Felizmente estamos vivos.

Las calles de aquí son distintas de las calles
del centro de la ciudad. Las aguas
se desbordan de los caños, vuelan
los negros gallinazos
y pareciera que todo es un mercado inacabable.

Desde el pequeño curichi
hasta la sopa
de majaz o carachama,
más el inchicapi, las sidras, los aguajes
y maduros , y el juane inolvidable
y el arroz omnipresente,
es la feria común, casa por casa
el mercado cotidiano.

IV

Después de recorrer a pie la ciudad,
después del deslumbramiento
vuelvo a la tibia habitación.
Qué hacer, cómo hallar el camino.

Bajo el blanco fluorescente observo el firmamento.

Se me incendia el alma para vivir
al filo de la vida. Pienso en los hombres
atrevidos que transformaron el mundo.
Iniciativa sobre las cuatro estaciones
para nosotros, incansables viajeros.

Escribo sobre un papel que no basta
la tranquilidad de la mente. Es necesario,
además, el fuego del corazón.
En los días cotidianos los hechos
parecen deleznables. Accidentes
en pequeña dimensión o poca importancia.

 

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