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  Indice Cuentos

 

A la orilla del río


A Elena Burga Cabrera

Vuelvo sobre mí y encuentro un mundo.
Goethe.


Ha transcurrido mucho tiempo desde que Tonia llegara por primera vez a estas tierras, a estas riberas. Aunque siempre lo ha hecho por un par de meses cada año, con la sensación de una familiaridad cada vez mayor que congregaba en ella no sólo simpatía y muchísimos amigos, sino además el firme deseo de quedarse entre esta gente, los shipibos, esta vez apenas ha llegado y un aire distinto la ha invadido por completo.
Se preguntaría si es (si puede ser) enteramente factible materializar sus teorías acerca de los nativos y minorías étnicas, donde una pofesora como ella se quedara a radicar en estas tierras por motivos pedagógicos, espirituales y acaso personales. Pero ¿poseían los principios intelectuales que ella había fecundado en su cabeza tras múltiples lecturas y discusiones con los amigos, la fuerza necesaria para hacerla decidir, estar segura, convencida? A veces, luego de la taza de café y los cigarrillos y también luego de las clases, sentía la convicción teórica de que todo era posible, que compartir su vida con los nativos significaría no sólo un acto consecuente con sus tareas educativa sen un nivel más alto del puramente rutinario de los colegios -y pensó que ello no implicaba ningún asistencialismo-, sino también el ingreso a otro universo humano que enriquecería su inteligencia, sus valores y su espíritu.
¿Pero y ese aire nuevo que ahora siente, que la golpea junto con el bochornoso calor que envuelve Betaneti, la comunidad adonde ha llegado luego de dos días enteros de viaje surcando en bote el Ucayali y el Tamaya desde Pucallpa? ¿Y ese sentimiento que mezcla la extrañeza con el tedio, nacido de la obligatoriedad del viaje, de la obligatoriedad de su mismo trabajo de enseñar a los profesores shipibos?
-Necesito otro temple, otro espíritu -había dicho durante algunos de sus breves insomnios en su casa de Iquitos.
Ahora, al instalarse en la casita que la comunidad shipiba ha destinado para ella, la sensación de ser ajena se perfila en algo más nítido y transparente: está confundida. Pero una confesión de esta naturaleza no puede afirmarse impunemente.
De ahí que Tonia corriera hacia la hamaca y se tendiera sobre ella, balanceándose lentamente mientras prefería no pensar, no definir sus ideas. De ahí que una emoción oculta agolpara algunas lágrimas en sus ojos y la mostrara débil ante sí misma, débil y confundida.
-Otro temple, otro espíritu -repite ahora Tonia, recordando a los amigos, las conversaciones en los bares del malecón frente al río Amazonas-. ¿Cómo conseguirlo?

EL PRIMER mes de su estadía en Betaneti transcurre tranquilamente. La serenidad de la vida entre los shipibos tiene la misma magnitud de la naturaleza que les rodea. Los hombres que trabajan con ella no tienen, en cambio, las exactas características que había aprendido de memoria en sus numerosas lecturas. Estas reflexiones la convencen para llevar un Diario:

"Algún día, que ojalá sea pronto, me iré a vivir con los nativos para trabajar, para enseñar, para vivir de manera diferente a como me han formado -y malformado- en la escuela y la ciudad, y pueda alcanzar una forma más digna y justa de vivir".

¿Estaría bien escribir así? ¿El sentido afirmativo de estas frases no sería inútil al no retratar las dudas, los temores, las confusiones, es decir, la riqueza de contradicciones de su vida interior y el derrotero que una de sus ideas iba construyendo hasta alcanzar lo que conocemos como decisión? ¿Cómo escribir?
-Se puede escribir con el lenguaje del corazón -había dicho un amigo poeta.
-Como hablamos pues los loretanos se debe escribir, con nuestros regionalismos y dialectos -había dicho otro escritor.
-Cómo así -dijo otro amigo-. No entenderíamos ni mierda si los limeños o los serranos escribieran como hablan.
-Además, nos entenderíamos nosotros nomás, y estaríamos encerrados en las cuatro paredes verdes regionales.
-Si no nos entienden, allá ellos. ¿No es bonito hablar de sheretear a las guambras, contar sobre yacurunas y bufeos, hablar de Sachachorro, tunchis y chullachaquis?
-¡O sea, repetir la misma huevada siempre, siempre!

Tonia cierra el cuaderno donde apenas ha comenzado a escribir su Diario y cierra también los ojos. Es de noche. Está metida en el mosquitero y la débil luz de la lámpara de kerosene ilumina su cuerpo semidesnudo y tibio.
-El problema para mí es qué escribir -dice Tonia.
Se incorpora nuevamente sobre su cuaderno y durante varios minutos escribe con una letra pequeña y tensa, mientras gotas de sudor resbalan por su frente y su rostro, su cuello y sus espaldas.

"¿Has visto las fotos de los niños nativos que aparecen sonrientes y felices, mientras su padres regresan contentos de la chacra? ¿Y te han hablado del mundo mágico y mítico de los indígenas, de que viven satisfechos y alegres con su propia lógica y manera de pensar? Todo ello es falso, es irreal, es pura mentira. Los niños nativos se mueren de hambre, están etecos y raquíticos como los niños africanos. Nadie cree en magia y los mitos sólo son para ellos mismos historias maravillosas. Apenas llega un bote o una canoa, la gente se precipita a pedir pastillas, jarabes, inyecciones. La gente se muere de hambre, repito. Casi nadie llega a viejo. De aquí a Pucallpa son dos días de viaje; mientras tanto, el enfermo fallece. Sólo las fiestas y algunas costumbres mantienen la idiosincrasia nativa. Después, es confuso, es una mezcla de costumbres foráneas o urbanas, que ellos creen mejores. Muchas comunidades se han organizados en federaciones. Pero ¿es eso suficiente? ¿Qué se debe hacer? El hambre no respeta a nadie. El Estado no ayuda. Nadie ayuda. Realmente la estamos cagando, estamos destruyendo sus vidas pero pensamos que somos sus salvadores".

Tonia cierra nuevamente los ojos y ensaya una mueca de satisfacción. Acaso después sus ideas se irían aclarando y su propia crítica ganaría en profundidad y lucidez. Relee lo escrito, corrige algunas incorrecciones gramaticales y tira el cuaderno al pie de la cama.
-¡A la mierda los intelectuales! -exclama, y apaga la lámpara de querosene.
Se cubre con la delgada sábana blanca que usa como frazada y oye entonces el silbido de los zancudos alrededor del mosquitero, y de afuera el serruchar de los sapos y el canto -¿podría llamarse canto a aquello?- de los grillos e insectos que no puede identificar. Ls oscuridad es total dentro de la casita y poco a poco se va relajando, adormeciendo.
Súbitamente abre los ojos asustada. ¿A quién se había dirigido mientras de manera vehemente escribía su Diario? Está segura de haber utilizado la segunda persona y pensado en alguien específico, mientras sus ideas tomaban cuerpo en esas letras menudas y nerviosas y se sentía satisfecha de ser sincera consigo misma. ¿Pero ¿en quién?
La tensión de sus músculos se ablanda nuevamente y otra sensación invade por completo su cuerpo. ¿Pensaba en el muchacho que conociera en Pucallpa antes de enrumbar a Betaneti, y en su calurosa compañía en la discoteca y al borde de las calles? ¿O pensaba en aquel amigo especial cuando le obsequiara su primer poema de amor y a quien sin embargo cree no amar lo suficiente?
Un rápido deseo de sentirse acompañada la estremece y Tonia se abraza a su almohada. ¿Qué le ha impedido hasta ahora amar completa y totalmente, con la intensa alegría de la entrega plena, libre de toda idea represiva, de todo otro sentimiento, con locura?

-Qué jodida es la vida -dice Tonia-. Qué jodido es todo esto.

LA MAÑANA la despierta sudorosa y abochornada por el calor que la aplastaba desde la noche, sin viento ni brisa, sin la caricia fresca de la madrugada que algunas veces le había hecho levantar muy temprano para sentir ese friecillo sobre su cuerpo y su rostro. Apenas ha terminado de lavarse la cara en el lavatorio de plástico que ha acomodado sobre su pequeña mesa, cuando el murmullo y luego el griterío general se confunde con los quiquiriquís y ladridos lejanos.
Baja del emponado de un salto y se dirige todavía soñolienta hacia donde el griterío crece y se aclara. Hombres y mujeres hablan presurosos y asustados y Tonia no entiende una palabra. Han formado un estrecho círculo alrededor de un niño que se retuerce e el suelo y suda por sus dilatados poros como abrazado por la fiebre. Tonia pregunta a uno de los profesores shipibos que es su alumno el motivo de la conmoción general, y éste le responde atropelladamente que hacía pocos minutos, mientras el niño se dirigía a la cocha a acarrear agua en su balde, una víbora pequeñita y traidora (¿una naca-naca?, ¿un jergón?, nadie la había visto) se había cruzado en su camino dejándole en una pierna la huella de su mordedura, que ahora mire, se hincha, se abulta, bola-bola está.
Más pobladores de la comunidad se aglomeran y murmuran con nerviosismo. Tonia se acerca al niño e intenta levantarlo entre sus brazos. Pero al mismo tiempo llegan los padres y entre llantos y gritos que Tonia no comprende se lo llevan hasta su casa seguidos por los habitantes de Betaneti que parecen reunidos por algún suceso extraordinario. En cada uno de ellos Tonia observa la expresión temerosa, el temblor en las palabras pronunciadas en lengua shipiba que ella no entiende y puede sin embargo percibir la tonalidad el miedo, el susto en la mirada y en los gestos nerviosos tallados por un solo golpe de desgracia.
Tonia permanece en silencio observando las conductas que ahora ve en su magnitud real, cotidiana, absolutamente alejadas de consideraciones mágicas como había creído leyendo los textos de antropología en Iquitos. También había leído de ritos especiales frente a acontecimientos de este tipo, donde la fatalidad extendía su gobierno en las ideas y comportamientos de los nativos. ¿Cómo ha creído ella en semejantes afirmaciones, si ahora ve el temor ante la cercanía de la muerte retratado en todos los rostros de hombres y mujeres, tal como sucedería e cualquier lugar del mundo? Sí, el temor ante la muerte, que es otra forma (adelantada, precedente en el sentimiento o la vivencia) de la misma muerte que aún no sabemos sobrellevar con firmeza ni energía.
Porque ese niño va a morir dentro de pocos minutos. Betaneti no cuenta con postas médicas ni técnicos-enfermeros ni nada que signifique asistencia de salud. ¿No sabía Tania que los nativos, la otra forma de la pobreza en nuestro país de hombres y concientes agraviadas, no figuraban entre los destinados a una vida digna sino sólo como objetos de etudio para lingüistas, sacerdotes, antropólogos y (le costaba esfuerzo decirlo) profesores? ¿Acaso no lo había dicho ella misma durante una discusión entre cervezas y cigrrillos con sus compañeros de trabajo, y no lo iba a escribir poco después en su Diario?
De pronto sus pensamientos se ven interrumpidos por la llegada del padre del niño moribundo, que le habla y le pide cosas que Tonia no comprende. Sólo atina a seguirlo hasta su casa, sorprendida de que lo pobladores de Betaneti se abrieran en semicírculo y los dejaran pasar comentando en voz baja. El niño yace sobre el emponado y todavía se queja débilmente, pero apenas se mueve y su pierna empelotada semeja más bien la crispación de los músculos que produce el calambre. Ahora la madre se une a las súplicas del padre pero e ella, en lugar de ruego, sus palabras suenan a órdenes, o más precisamente, a un pedido que Tonia debe cumplir por ser su obligación, su deber.
-Quiere que usted lo cure -explica un alumno.
-Pero yo no soy médico -dice Tonia- ni enfermera ni sé de estas cosas.
-Usted viene de Iquitos -dice otro alumno-, debe tener pastillas para curar, para sanar.
Tonia comprende que a estas alturas toda aclaración sobre su papel en Betaneti o cualquier otra explicación no sólo es inútil, sino que la atormentaría al señalarle su propia inutilidad. Ahora observa al niño con mirada distinta, como si la nueva responsabilidad estampada sobre sus hombros le diese otro color, otro sentido a esta desgracia que poco a poco va sintiendo también como suya. ¿Qué debe hacer? Apenas recuerda que en caso de emergencia se debía hacerle un corte y chuparle la sangre, extraerle el veneno, escupirlo; y quien hiciera esto no debía tener los dientes picados, pues el veneno succionado penetraría por ahí y se duplicaría el envenenamiento. Y Tonia tiene varios dientes cariados, algunas muelas perforadas, puertas abiertas a su propia destrucción.
Pero no lo piensa más. Extrae su pequeña cuchillera múltiple que siempre carga consigo y con ella hace uno cortes en la pierna del niño. Acerca su boca y empieza a chupar y a escupir con rapidez, atropellándose, los ojos semicerrados y las cejas fruncidas por el calor de la decisión, el cuerpo tenso, expectante. El niño da unos grititos débiles y apenas se mueve. La gente mira y habla bajito. La madre llora. Y mientras nerviosamente intenta extraer el veneno, Tonia se pregunta si todo esto no es un acto desesperado, pura fórmula inútil, en tanto que la picadura de la víbora ha tenido sobrados minutos para extenderse, repartirse a través de la sangre del niño. Entonces se detiene. Corre a su casa y trae unas pastillas para la fiebre. Siente que el niño se va, se apaga, se muere. Le introduce las pastillas en la boca y le hace tragar con unos sorbos de agua. Enseguida se pone en pie y mira aterrorizada a los ojos de la madre.
-¡Ya no puedo más! -grita Tonia, sudando, temblándole las manos-. ¡Ya no puedo más! ¡Perdónenme! ¡Yo no sé curar! ¡Yo no sé…!
Está llorando y sabe que debe controlarse, que una profesora como ella debe saber guardar entereza ante los alumnos y la comunidad adonde ha sido enviada. Si se quiere, ser ejemplo para ellos.
-¡No sé curar! ¡No sé nada! -repite Tonia, mientras su llanto se ha vuelto convulsivo y sacude todo su cuerpo-. ¡Perdónenme ustedes! ¡Perdón! Yo no sé curar…
Los hipos la interrumpen y se detiene para tragar aire a bocanadas y toser. Inmediatamente comprende el significado de sus palabras y sale a la carrera, se introduce en la casa y se arroja sobre la hamaca. Esta vez sus llantos temblorosos parecen a punto de ahogarla. Se acomoda en la hamaca y se balancea con fuerza, como si quisiera romper la soguilla atada a los horcones de la casa. Por primera vez en su vida, Tonia experimenta el horror de la impotencia y siente insignificantes su tarea, sus aspiraciones, su vida.

"LO PRIMERO que debo decirte, querido amigo, es que me disculpes el hecho de que esta carta no llegará a tus manos, pues deberé romperla apenas la termine. Mi situación aquí en la ribera es harto desesperante. Sabrás que aquí no hay luz eléctrica ni ninguna comodidad a la que estamos acostumbrados en la urbe. Pero lo peor no son estas pequeñeces, sino el que una tenga que descubrir recién aquí, en un lugar donde es imposible romper la monotonía cotidiana, el significado de mis indecisiones y dudas. Es cierto que quiero salir de Iquitos, quiero dejar por largo tiempo el tipo de vida que he llevado con los amigos, la familia, el trabajo, que ahora ala distancia lo veo demasiado superficial e hipócrita. Como ves, soy clara respecto a lo que no deseo y critico. El problema surge al buscar la alternativa. ¿Es la vida indígena mi destino, quiero realmente vivir con ellos? Yo no sé si tengo la fuerza que tuviera algunos científicos y artistas de irse a compartir otra cultura. Sé que otra educación y otros valores podrían remover la pasividad escandalosa en que ahora se encuentran los nativos, hasta encontrar su propia rebeldía y la justicia con sus propias manos. Pero ¿soy yo capaz de sacrificar mis primeras ambiciones (que ahora las veo imprecisas y borrosas) por ayudar a otros? No, yo no tengo espíritu de sacrificio. Y sin embargo, debo hacerlo, porque tengo que darle sentido a mi vida. Cuando leí la frase que Mariátegui le dice a su esposa, "la vida que te falta es la vida que me diste", supe que yo nunca podría ser como ella. Tú me dijiste que para emprender estas tareas, a las que llamaste heroica y superior, se debía tener otro temple, otro espíritu. Esa frase la recuerdo siempre y vive conmigo. Pero te olvidaste de decirme (de explicármelo para que lo comprendiera sin el romanticismo fácil que ahora me atormenta) dónde debía templar mi espíritu, en qué arenas debía librar la dura batalla para forjar mi alma y hacerla inmune a las debilidades que nos tientan a diario. ¿En las largas discusiones con los amigos y compañeros de trabajo, en los cafetines y bares, durante las clases o a través de la lectura constante e inacabable? La respuesta deberé encontrarla yo misma, te lo prometo. Deberé encontrarla antes de mi regreso a Iquitos y entonces te buscaré, te encontraré y charlaré largamente contigo. Ahora mismo te recuerdo mucho, tus palabras nuevas, tus ojos enamorados. Pero esto no lo sabrás, no te lo diré. Ahora quiero hablarte de mi último descubrimiento. Hace unos días tuve una terrible experiencia donde la muerte rondaba callada y retadora. Una víbora había mordido a un niño y, cuando los padres de este niño me pidieron que lo ayudase (pues pensaban que yo, al provenir de la ciudad, tendría medicinas, sabría curar), no supe hacer nada, apenas un corte en la herida y una succión rápida. Mi impotencia me hizo llorar todo ese día y aun ahora no puedo contener algunas lágrimas. Sentí mi vida completamente miserable y vacía al no ser capaz de ayudar con algo concreto y urgente. Pero no lloré sólo por eso, recordado amigo: lloré porque me di cuenta que mi actividad profesional ni siquiera tenía la importancia de una simple curación. Ni la importancia ni trascendencia con que en otros oficios se revela la pasión por servir y ser útil a los demás. ¿quiere decir con esto que la enseñanza no tenía para mí el mismo valor que, por ejemplo, la medicina? No, eso sería una estupidez. Lo que quiero decir es que la enseñanza no ha llenado por completo mi alma, que mis aspiraciones conscientes e inconscientes han tomado diversos derroteros y no se conforman con un solo camino (recuerdo que una vez me dijiste en broma que tu corazón era demasiado grande para quererme sólo a mí). También quiero decir que sí, que la educación a su vez es un oficio corruptor y degradante por los contenidos que acarrea. Sí, es inferior a la medicina, a la alquimia, a la poesía, por las mentiras que multiplica y las injustas diferencias que impone como si fuese natural. Tú lo sabes. Yo también lo sé (y lo denuncié en mi tesis, ¿la recuerdas?). Y todo esto me lleva a una sola conclusión que no deseo mencionarla, pero debo hacerla para que veas los alcances de mi propia lucidez: la única forma honesta de ser profesora es derribando los contenidos falsos que pasivamente transmitimos a los alumnos, dinamitando los ídolos de barro, los falsos héroes y la falsa moral, echando abajo las miserias de la educación y reemplazarla por una visión certera, justa y vigorosa de la via. ¡Si yo tuviera tiempo para escribir mi historia de la amazonía! ¡Si yo pudiera escribir la verdadera historia de Iquitos, llena de hipocresías y aberraciones, pero también de sacrificios, bondades e inteligencia! Pues bien, he aquí mi vida pendularia, mi forma de ser y no ser, mi manera de quererte y no quererte, de decir tonterías y cosas acertadas. Pero ¿quieres que te diga un secreto? A veces me arrebata la pasión, la fuerza instintiva o el mero gusto que no sé controlar. ¿Soy caprichosa, engreída, o es el mundo oscuro que quiere imponer su autonomía sobre mí? No soy lo suficientemente coherente. Mis contradicciones me aplastan y lo mejor sería llevar una vida simple, tranquila y llana, sin complicaciones y sin nada ni nadie especial que me exija responder según una obligada consecuencia. Ahora me gustaría tenerte a mi lado, de verdad, y abrazarte como no lo imaginas. Pero me despido, justo cuando cae la lluvia tan continua y refrescante como a veces me parecen tus palabras".

TONIA RECORDARIA los febriles momentos de tensión mientras aguardaba la noticia salvadora. El solo hecho de que el niño sobreviviera tantos días a la mordedura de la víbora le hacía creer que la posibilidad de vivir, de recuperarse era un extremo grande. Pero también la asaltaba (sólo durante unos segundos tan exactos como el arribo de la muerte) el increíble miedo que esta vez sentía dominante y que acaso nunca la abandonaría cuando la desgracia se abatiera sobre ella o sus seres queridos. Y recordaría también cuando el mueraya había llegado desde otro caserío y sin reconocer ninguna otra autoridad ordenó rápidamente el traslado del niño a una chocita solitaria, donde no debía ser visto por nadie durante varios días. Hizo sus preparados de hierbas, raíces y lianas cuyos nombres Tonia no podía recordar y, sólo, se encargó de la curación, de los cantos y las tomas de ayahuasca para internarse en los mundos que ahora, en su aplicación cotidiana y utilidad inmediata, a Tonia le parecía distintos de cuando con sus amigos tomara el ayahuasca por el puro placer de la experiencia.
A pesar de su permanencia entre los nativos, de su convivencia directa con ellos y los muchísimos amigos que tenía (y que la llamaban Suísame: bella y delicada), ¿acaso no se sentía otra, distinta, ajena? ¿Acaso sus propios recuerdos no eran diferentes al de los nativos, y no lo era el lenguaje de su pensamiento, de sus gustos? Tonia sentía todo esto no como una fatalidad; lo comprendió así en una de sus clases, por medio de una pregunta:
-Vivir con los habitantes de otra cultura es importante para conocerlos en carne propia. Pero ¿es eso lo principal, lo central, lo medular del problema?
Uno de sus alumnos respondió:
-Mucha gente se jacta de conocernos. Dice haber vivido con nosotros, haber hablado con nosotros, tener amigos entre nosotros. Eso es verdad. Los turistas también nos conocen y saben que existimos.
Otro alumno dijo:
-Hasta nos dedican libros que nunca podremos leer.
-Pero ¿es o no es lo principal? -había insistido Tonia.
-Profesora -dijo un alumno, poniéndose en pie, sonriendo-. Lo que estamos diciéndole, y usted no nos entiende, es que aquí viene y vendrá mucha gente de afuera, por distintos motivos. Si nosotros tuviéramos plata, también iríamos a Iquitos, a Lima, al extranjero, y los estudiaríamos a ustedes, y les dedicaríamos nuestros libros.
Una risa general invadió la clase y Tonia recordaba haber reído a carcajadas, feliz, con la vaga sensación de haber leído una fábula parecida en algún momento de su infancia.
-Yo le diré qué es lo más importante -había dicho otro alumno, cuando las risas se espaciaron, se calmaron-. Es saber encontrar la esencia de nuestros problemas, la esencia de nuestras aspiraciones. Lo importante es acertar, dar con la verdad. Lo demás es pura palabrería. Nosotros tenemos ideas buenas, ideas malas; vidas buenas, vidas malas. Pero ustedes todo lo mezclan, o recogen sólo lo malo y nos desfiguran. Muy pocos son nuestros hermanos de verdad.
Tonia recordaría los aplausos y la profunda seriedad de sus alumnos. Recordaría también que ella había sido excluida, a pesar de que la querían, de que tenía una madrina que le había regalado un lindo vestidido shipibo. Estaba segura de la forma inconsciente en que fuera excluida, lo cual nosignfiicaba otra cosa ue ese sentimiento de ajenidad que la invadía de continuo era tan natural en ella como en los mismos shipibos. No una fatalidad, sino una situación normal, necesaria, obvia. ¿Debía preocuparse por tener cinco dedos, dos ojos, una boca?
Pero lo que más recordaría Tonia de todos estos momentos era el temor de que el niño picado por la víbora muriera. Por suerte, no fue así. Durante sus largos descansos, aplastada por el calor, Tonia volvería ante sí la imagen del niño acercándose al emponado donde ella leía un libro de poemas, descubriendo los profundos y distintos universos del amor, volviendo a descubrir al niño delgadísimo pero sonriente, pálido pero vivo, que se dejó alboratar el pelo y luego salió corriendo y desapareció junto a otros niños que se iban a bañar al río. Y recordaría que ella, una vez pasada la primera sorpresa, dejó explosionar su contenida alegría y corrió también hacia el río con la ropa puesta y la risa que brotaba incontenible de su cuerpo.

HAN TRANSCURRIDO tres meses y Tonia tiene listos sus maletines. Varios amigos han venido a despedirse de ella y a dejarle pequeños regalos. Mientras espera la llegada del bote que la llevará a Pucallpa, Tonia relee su Diario:

"Faltan dos días para irme, apenas dos días. Nunca he sentido tantas ganas de volver a Iquitos. Cuento los días, cuento los minutos. Ayer me pasó una cosa tremenda. Había llegado el director de una escuelita cercana y me invitó a tomar café en su casa. Yo acepté de inmediato, porque figúrate no haber probado café ni pan durante tres meses y esta oportunidad no la iba a desaprovechar. El problema era que su casa quedaba en otra comunidad, a media hora de caminata a través del monte. Fui con dos amigos a quienes hice prometer que me traerían de regreso, y ya en la casa del director me tomé dos tazas de café y me comí varios panes. ¡Ah, qué delicia! ¡Cómo el paladar parecía volver a la vida! ¡Cómo mi cuerpo parecía renacer con solo imaginar que pronto estaría de vuelta en Iquitos, tomando leche, comiendo bizcochos, bailando, viendo televisión! Y toda esta emoción a través de un par de tazas de café. Qué cosa más rara, ¿no? Allí charlamos y reímos con tanta alegría que, cuando nos dimos cuenta, ya era de noche. Pucha, qué jodido es caminar en la oscuridad, en plena selva. Las luces de la linterna le daban un aspecto más siniestro a la trocha por donde pasábamos. Había un ruido que no puedes imaginar. Sapos, ranas, aves, grillos, como si todos los animales estuvieran discutiendo o debatiendo leyes. Lo que a mí me paralizaba era el miedo de cruzarme con una víbora. ¡Le había agarrado un asco, un temor a este animalejo! En cada rama creía ver una víbora esperándome. Avanzábamos lentamente, yo gritando a cada rato, asustada de todo. ¡Y para colmo, a mitad de camino, la lluvia!, porque en el calor de mierda que hace no se puede trabajar. En cambio cuando llueve se refresa todo y el ambiente se hace propicio para leer, escribir, descansar, dormir. Pero justo empezó a llover con todo y su madre mientras caminábamos en plena selva, y eso sí fue la cagada. Te lo voy a resumir: me tropecé, me arañé, me caí, me golpeé, gritaba como una condenada y mis amigos cómo se reían de verme así, mojada, hecha un desastre y requintándole a los mil demonios. Claro que cuando llegué a casa sana y salva, la risa que me dio de todo lo que había pasado. ¡Y todo por un poco de café! Qué cojuda e la gente, ¿no?

Tonia cierra el cuaderno y sonríe por el nuevo espíritu que descubre en sus líneas. Introduce un extremo del lapicero en su boca y medita. ¿Esa alegría es producto de su próximo viaje, o es que realmente ha encontrado sentido a su vida en su convivencia con los shipibos? Abre el cuaderno nuevamente, pues ha sentido la urgencia de escribir.
"Algo que no te he contado, querido amigo, es que mi trabajo en esta comunidad ha sido totalmente distinto al que fuera anteriormente. Tal vez las autoridades educativas me expulsen por no haber cumplido con el programa, pero eso no me importa. Hemos hecho algo tan magnífico que preferiría contártelo personalmente. Sin embargo, ahí va. Sucede, por ejemplo, que dejamos a un lado las clases de historia donde nuestros aristocráticos héroes ajenos (¿qué shipibo conoce a Alfonso Ugarte, Bolognesi o Grau?) eran poco menos que semidioses en la versión oficial, y los reemplazamos por una historia de los shipibos y de sus héroes. Yo comencé practicar lecciones intensivas de lengua shipiba, donde el pueblo era mi maestro. Dejamos la escuela, reunimos a todos los pobladores y comenzamos a hablar de su propio origen, cómo llegaron y se establecieron a orillas del Ucayali, cómo su arte cerámico llegó a ser el más valioso y refinado de todo el continente. Hablamos de sus héroes y sus hazañas. Mencionamos a Runcato, a Perote, a Rumirato, quienes encabezaron algunas de las cientos de rebeliones contra los españoles y prácticamente aniquilaron a los curas y sus soldados. Todos los días hablábamos de su propia historia y de sus propios problemas. Ellos participaban primero tímidamente, después con alegría y desenvoltura. Contaban sus historias y leyendas, y te juro que nunca había escuchado (o leído con el oído) narraciones tan maravillosas, pese a que me costaba esfuerzo comprender todas su palabras.

Hubo risas, protestas, silencios, sorpresas. Eran 'clases' formidables, donde por fin se hablaba de ellos y no de un extraño que se suicidaba arrojándose al mar con su caballo. Pero todo esto ocurría por las noches. En el día nos íbamos con los alumnos a acarrear palos, horcones y el material necesario para levantar el local de una posta médica, que luego llenamos con hierbas y plantas medicinales, y enviamos comisiones para solicitar en la ciudad pastillas, remedios y todo tipo de medicinas. Le peor para mí fue no poder resolver (¿y cómo iba a hacerlo yo, ignorante y advenediza?) el litigio que los shipibos tenían con los colonos, quienes les habían quitado sus tierras sin más trámite que la fuerza. Como eso ya era política del gobierno, no pude hacer nada. Pero además logramos realizar con mayor frecuencia el trabajo en mingas para mejorar la productividad de las tierras, e hicimos planes para formar granjas de aves y peces y si se pudiera también de vacunos. ¡El tiempo fue corto para tantas ideas que empezaron a brotar de nuestras cabezas! Daban ganas de quedarse y seguir trabajando en este sentido. Ahora me pregunto si me duraría la efervescencia de querer cambiar las cosas, la fuerza para aguantar el continuo trajín y, sobre todo, la alegría para mantenerme segura y contagiarla a los demás. La verdad, creo que no. Porque apenas advertí que me faltaban pocos días para mi regreso, empecé a contar las horas y los minutos, y creo que mis sentimientos se mezclaron y a última hora, momentáneamente, triunfaron mis ganas de volver a mi mundo. No se puede odiar algo sin haberlo conocido, y el amor terminado perdura para siempre en un rinconcito de nuestro corazón. Venció la nostalgia, es cierto. Pero venció también mi necesidad de decidirme en la misma Iquitos, en medio de todo lo que quiero renunciar. He aprendido que los cambios no son absolutos ni se dan de improviso ni al instante. He aprendido que sólo aquí, luchando en esta arena de conflictos personales y proyectos concretos, dudando, cayendo, retrocediendo, levantándome y avanzando, era posible templar mi nuevo espíritu. He aprendido que no basta vivir con los nativos años y años (¿acaso los sacerdotes y otros religiosos no lo hacen para ganarlos a sus creencias?), es necesario principalmente, creo, y si me equivoco me corregiré siempre, trabajar en la dirección de sus aspiraciones vitales. Y te juro que las aspiraciones vitales de los shipibos son las mismas que las de todos los pueblos del mundo encaminados hacia una vida digna y generosa, sin lo oprobios que ahora nos maltratan. Discúlpame si te hablo así, con esta ingenua solemnidad. Estoy excitada y te escribiría largamente y te contaría mis teorías si no hubiera visto que en estos momentos acaba de atracar en el puerto el bote que me llevará a Pucallpa. Lo que te he contado es poco en comparación a lo que hemos hecho todos los días en Betaneti, sin mencionar los diarios tropiezos y las desalentadoras dificultades. A mí y a ellos nos toca reflexionar en qué acertamos y señalar cuáles fueron nuestras burradas. Espero volver aquí. Espero que no me expulsen y pueda regresar el próximo año, y, si es así, entonces me quedaré a enseñar como simple maestra de escuela. Pero no me creas todavía. Hay muchas cosas que quiero discutirlas contigo. ¡Carajo! ¿Por qué todo no puede ser más simple y sencillo? ¿Por qué la vida tiene que ser tan complicada? Bueno, allá vienen por mis cosas".

Tonia cierra una vez más el cuaderno. Llegan hombres que la saludan y bromean y se llevan los maletines sobre sus cabezas. Tonia mira el río, observa el horizonte verde que se pierde a lo lejos.

"Me faltó decirte una cosa. Todo lo escrito acá no podrás leerlo. Este diario puede ser (como no) un testimonio personal de alguna importancia. Pero nada de lo escrito podrá compararse a lo vivido".

Se levanta de un salto y en un rincón de la casita le prende fuego al cuaderno. Se detiene a sacudir las hojas carbonizadas y las cenizas. Enseguida sale. El sol le da de lleno en la cara y le empaña los ojos.
A la orilla del río la espera toda la comunidad de Betaneti. Tonia se despide intentando alguna broma, un gesto divertido, un mohín alegre. Los hombres y mujeres enseñan sus dientes amarillos y los ojos chispeantes. Se enciende el motor y el bote avanza lentamente, mientras se agitan las manos de los pobladores y Betaneti se diluye poco a poco como si ella misma se alejara del bote y se introdujera más allá del río y de los árboles.
Iquitos, noviembre 1992.
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(*) El presente cuento, con el título "Desde adentro", obtuvo el Primer Lugar en el concurso de cuentos organizado por la Municipalidad Provincial de Maynas en enero de 1993.

 

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