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  Indice Cuentos

 

Cuado con los Iwas


A Jerzy Ricardo,
este adelanto.

Esta historia me la contó mi padre, y mi padre la oyó de su padre. Miren la luna. Con su cara pintada de huito está mirándonos y carcajeándose por lo que voy a contar.
Es la historia de Nanta, el joven valiente que se enfrentó a los temibles Iwas. Nanta había vuelto sin mitayo, y en el camino de regreso al pueblo sus amigos y las mujeres le habían hecho burla. Inútil eres, le decían. Ni motelo has podido pucunear, le decían. Nanta estaba molesto. Y no comió antes de acostarse, de pura rabia.
Al día siguiente tomó su cerbatana, su arco y sus flechas y se despidió de sus hermanos y sus padres.
-Harta caza voy a traer -prometió.
Y se metió en el monte. Mientras andaba, recordó que en el pueblo se decía que por esa ruta, por aquella trocha pequeñita que todos evitaban, rondaba el Iwa. Nanta nunca los había visto. Igual que tampoco nosotros los hemos visto, porque ya no existen.
Pero en aquelles tiempos sí vivían. Eran gigantes que cazaban con su red y su lanza y nos comían. Así de altos eran, del tamaño de esta maloca. Por esa razón toda la gente los temía, y nunca se aventuraban por la trocha prohibida.
Cuando Nanta volvió de sus pensamientos, se encontró de pronto, cara a cara, con un Iwa, que lo miraba irónicamente.
-Así que cazando en mis tierras, ¿no? -dijo el Iwa, pasándose la lengua por los labios.
Nanta tembló de pies a cabeza y se la cayeron las armas. Pero no se desanimó e ideó un plan para salir vivo de las manos del gigante.
-No te acerques -dijo Nanta-, porque nosotros somos un pueblo que nos gusta carne de Iwa.
El gigante se asustó y abrió la boca sorprendido. Pero sospechó que el pequeño hombre que tenía delante estaba mintiendo y dijo:
-¿Ah, sí? Entonces vamos a mi pueblo, a ver si viendo tantos Iwas se te abre el apetito.
Y Nanta se vio obligado a acompañar al Iwa para no descubrir su engaño. Caminaron varias horas hasta que por fin llegaron al pueblo. Nanta se quedó boquiabierto de ver tantas casas inmensas y paseando entre ellas a los gigantes Iwas.
-Y, amiguito -dijo el Iwa, burlándose-, ¿ya te dimos hambre?
Y se echó a reír a carcajadas.
Después lo llevó a una enorme maloca, donde varios Iwas bebían masato y charlaban alegremente.
-Miren todos -dijo el Iwa-, aquí traigo a este hombrecito que dice que en su pueblo gustan de comer nuestra carne.
Todos los Iwas rompieron a reír y miraron al joven aguaruna con burla e ironía. Uno de los Iwas se levantó y dijo:
-Ya que eres tan fuerte que comes nuestra carne, toma este recipiente y tráeme agua del río, que tengo sed.
Nuevamente los Iwas rieron de buena gana, y rieron más cuando vieron salir al pequeño aguaruna tambaleándose con el enorme recipiente sobre la cabeza.
Al llegar al río, Nanta se dijo:
-Ahora sí estoy perdido. ¿Cómo voy a llevar agua, si con el recipiente vacío ya estoy a punto de caerme?
Pero al oír que se acercaba un Iwa, se le ocurrió una idea y empezó a cavar con las manos a la orilla del río.
-¿Qué haces? -dijo el Iwa-. ¿Por qué no has traído agua todavía?
-Es que en mi pueblo no perdemos el tiempo cargando agua en estos recipientes tan chiquitos -dijo Nanta-. Si tenemos sed, desviamos el río. Y eso iba a hacer.
Al oír esto, el Iwa lanzó un grito de susto y lo detuvo.
-No, amiguito, no hagas eso. Mejor déjame a mí llevar el agua según nuestra costumbre.
Y nuevamente Nanta acompañó al Iwa hasta la gran maloca. Cuando los Iwas oyeron que Nanta pensaba desviar el río, todos se alarmaron y lo miraron con curiosidad y temor.
Uno de los Iwas dijo:
-A ver, si eres tan fuerte, anda a traernos un racimo de plátamos.
Nanta salió a la chacra, y cuando estuvo frente a los platanales vio que éstos eran tan inmensos como los mismos Iwas. Nunca tendría fuerzas para cargar un solo plátano. Y así, pensativo y triste, se sentó y estuvo raspando la tierra con un palito mientras veía la forma de escapar.
De pronto, llegó un Iwa y le increpó:
-Oye, holgazán, ¿por qué no traes el racimo de plátanos que te pedimos?
-Es que ustedes me humillan pidiendo tan poco -dijo Nanta-. Esta chacra que tienen ustedes no es más que una huerta en mi pueblo. Así que estoy juntando todas las raíces de los platanales para llevarlos atados de una vez.
-¿Qué cosa? -gritó, tosió, se escandalizó el Iwa-. ¿Quieres malograr toda nuestra chacra? Apártate. Yo llevaré el racimo de plátanos.
Y una vez más, Nanta volvió con el Iwa a la gran maloca. Al enterarse de que el pequeño aguaruna quería cargar con la chacra entera, esta vez todos los Iwas se asustaron terriblemente.
-Este pequeño es una plaga -dijeron-. Es peligroso. Lo mejor es dejar que se vaya a su pueblo.
-Sí -afirmaron todos-. Y hay que regalarle abundante caza para que esté agradecido y no vuelva a molestarnos.
Así acordaron los Iwas y ese mismo día hicieron la fiesta de despedida de Nanta. Como obsequio, dos robustos Iwas cargaron sobre sus espaldas harto venado, sajino, aves y monos que acababan de cazar. Pronto se pusieron en camino y a la noche estuvieron cerca de la casa de Nanta. Este pensaba:
-Si los Iwas ven que mi casa es insignificante y que todo es pequeño, van a maliciar el engaño y me van a comer. ¿Qué hago?
Una idea se le ocurrió repentinamente.
-Espérenme aquí un momento -dijo Nanta a los Iwas-. Voy a encerrar a mis feroces perros para que no nos molesten.
Y salió corriendo hacia su casa. Despertó a su madre y le dijo:
-Cuando me veas llegar, me saludas y gritas: "Hijo, ¿me has traído los dos Iwas que prometiste para la comida? Mucha hambre tengo".
La madre se lo prometió y Nanta volvió con los Iwas y reanudaron la marcha. Estando cerca de la casa, Nanta se puso a dar voces saludando y anunciando su llegada.
Al sentirlo cerca, su madre salió a recibirlo diciendo:
-Hijo, ¿me has traído los dos Iwas que prometiste para la comida? Mucha hambre tengo.
Al oír esto, los Iwas se asustaron, dejaron caer el mitayo contra el suelo y huyeron despavoridos de vuelta hacia su pueblo.
Así, de esta manera, el joven Nanta se enfrentó a los Iwas y los venció con inteligencia y astucia. Y logró también un buen mitayo para su familia y para todo el pueblo.
Ahora ya saben la historia. Algún día se la contarán a sus hijos, y éstos a sus hijos, y la luna seguirá carcajeándose con su cara pintada de huito cada vez que la cuenten. He terminado.

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