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  Indice Cuentos

 

Cuentos de guerra


A Lázaro y Juanita, mis amigos.


Lectura

¿Quiere que le diga la verdad? Entonces sea hombre, y escuche. Aquí ha venido usted para saber. Sepa entonces que usted es dañino; no, peor, es un militar de mala madre. Usted es un asesino, un cobarde, un matador de gente, enfermo y malo. Usted es una lacra, señor. No sirve. No vale. Aquí dice los nombres de tantos pueblos, de sombras que vagan doloridas. Usted mató en Yuracmarca, yo sé; también mató en Lupín, y en Ninabamba, y en Mamachapampa. Usted mataba nomás. Cientos de almas andan por ahí, perdidas para siempre. Niños y mujeres violadas. Aquí dice. Usted violó a un niño de siete años, un niño varoncito que se murió gritanto, que lloraba. ¿Quiere que siga viendo? Usted da asco. Con sus granadas y sus fusiles andaba derribando la vida. Usted quiere saber si va a vivir. Yo le diré. No va a vivir. Porque la hoja de coca no miente. Usted morirá pronto. Yo veo lo que le digo. Aquí dice que usted me va a disparar para que no cuente. Pero no crea. Ya tomé mis precauciones. ¿Ve mi pistola que tengo aquí escondidita? Yo también puedo hacer que la hojita de coca hable por mis manos.


La palabra

Me pongo en pie y carraspeo. El juzgado huele a madera guardada. Miro directo a los ojos de los jueces, y digo: yo he venido a hablar claro, señores. Luciano Quispe me llamo. Yo diré la verdad. Y aunque me miren haciendo burla, diré: ustedes quieren que confiese que yo maté al capitán Maldonado. Yo les diré. El capitán Maldonado se mató solito. Miren. Ese hombre fue a mi pueblo con sus soldados, y nos cambió la vida. Nos hacía formar todos los días, cantar sus canciones, marchar en medio del sol sin trabajar. Robaba nuestras gallinitas, nuestra leña, nuestras vacas y borreguitos. A la Isaura la violó, a mi mujer la embarazó, a las gemelas de don Eustaquio que no se dejaron las mató. ¿No se dan cuenta? Solito se estaba matando el capitán Maldonado. A los jóvenes los desaparecía en el monte. Se los llevaba, se oían disparos, y nunca más volvíamos a ver a nuestros hijos. Hicimos denuncias a jueces como ustedes, y ellos se reían, ellos no nos escuchaban, ellos eran iguales. Por eso una noche el capitán Maldonado amaneció muerto. ¿Quién lo mató? ¿No se dan cuenta? Solito se estaba matando el capitán Maldonado, hasta que sólo quedó su cadáver y su feo olor a podrido.

Viaje

A Sonia la encontré sentadita sobre la piedra grande de Tacshamarca. Era raro que estuviera tan lejos del pueblo, en medio de estas ruinas que los antiguos nos habían dejado como herencia. Estaba sola, y lloraba. Tenía un atadito en las manos, y con la punta se secaba los ojos rojos. Y yo que había ido a decirle que la quería, se me detuvo el corazón al verla sufriendo. Por qué estás llorando, dije despacito. Ella me miró triste y dijo que los policías la habían citado al puesto dizque para aclarar una denuncia, y allí habían querido abusarla. Pero no me dejé, dijo Sonia. Por eso estaba con sus ropas en la mano, porque se iba del pueblo y debía cruzar las montañas para no toparse con los militares. Pero me detuve aquí para despedirme del pueblo, dijo Sonia, y lo estaba mirando y mirando, y cada vez me parecía más bonito. ¿Y no quieres que te acompañe?, dije, pensé, lo decidí rápido en ese instante. Serías cómplice, dijo ella. Porque a ese policía que empezó a manosearme, le quité la pistola y disparé. Y corrí, corrí hasta mi casa, y después me vine aquí para irme. Miré el cielo azul de mi pueblo mientras Sonia me miraba. Imaginé la escena y me vi disparando, peleando, huyendo. Entonces le dije: vámonos, tú serás mi cómplice. Y emprendimos el viaje.


Sueño

Yo no tuve la culpa. Yo simplemente me quedé dormido. Miren, les voy a contar. Mis papás y mis hermanos nos metimos en el baúl, en medio del camión, y ahí nos acomodamos para pasar el puesto de control. Nos íbamos a Lima y dejábamos atrás a nuestro pueblo, que estaba muy peligroso con tantos cachacos gritando órdenes y disparando. Y tanto viajábamos sobre ese camión viejo, tanta chacachaca, que me dio sueño y me dormí. Ya sé que eso no era lo peor. Lo peor era que justamente íbamos a pasar el control militar, y yo, que era el más pequeño de todos, de pronto empecé a roncar. ¿Se imaginan? Mis hermanos y mis papás, que me aguantaban que estirara los brazos y las piernas para acomodarme, se asustaron. ¿Y si nos descubrían? ¿Y si mis ronquidos atraían la atención de los soldados? Como por acuerdo, todos se abalanzaron sobre mí. Con sus manos sudorosas me cubrieron la boca y, sin querer, también la nariz. Yo desperté asustado. Abrí mis ojos sorprendidos y no pude decir nada. Quise gritar, porque me estaba asfixiando, y nada. Después todo ocurrió rápido. Pasamos el control, me desmayé, se asustaron, y tuvieron que llorar harto para que yo volviera a despertar. Creían que me habían matado. Ahora, claro, lo contamos riendo. Pero el susto de esa noche no se les quita nadie. Porque ya les dije, yo no tuve la culpa. Yo sólo me había quedado dormido.


El regreso

¿Para que voy a salir libre? Yo no quiero. Tampoco deseo indultos ni perdones. Yo no maté a nadie, soy inocente. Simplemente, me cargaron con mi carrito de emoliente que vendía en la calle, y me acusaron de subversión. ¿Yo terrorista? No frieguen. Si hubiera sido terrorista, habría volado el palacio de gobierno, todos los ministerios, todos los cuarteles. Pero no fui, y por eso ellos siguen allí. Más bien me acusaron, y entraron en mi casa y se llevaron todo. Asesinaron a mi hijito de once años, porque dijeron que era mando político. Así que nada tengo en el mundo. ¿Para qué voy a salir libre? ¿Quién me va a recibir? ¿Cómo voy a trabajar, ya viejo estando, si hace diez años que vivo en esta prisión? Esta es mi casa, señores miembros de la comisión. Lo único que puedo decirles, como despedida, es que de verdad me hubiera gustado ser culpable. Palabra.

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